EL GOZO Y ALEGRÍA DEL PERDÓN
Hazme oír gozo y alegría y se recrearán los huesos que has abatido. Salmo 51:8
La Biblia nos manda constantemente a vivir con gozo: “Gozaos en el SEÑOR siempre: otra vez digo: Que os gocéis” (Filipenses 4:4). El gozo es un elemento del fruto del Espíritu y tiene que ver con la bendición especial de la obra del Señor en nuestras vidas. La Biblia nos ordena a tener “gozo”, es decir, el gozo no es alguna acción involuntaria del sentimiento. El gozo es un acto de la voluntad, que no tiene nada que ver con el sentimiento pasajero de la felicidad, la cual está influenciada por las circunstancias de la vida. El gozo es una actitud del corazón que está en Cristo. Si Cristo está en mí y yo en Él, entonces nuestra experiencia debe ser siempre de gozo.
Tener a Cristo en nuestras vidas no es una experiencia de “a veces”; el cristiano está siempre en el Señor y el Señor siempre en el cristiano, y esa es la razón por la que debemos tener el gozo del Señor en nuestras vidas. El pecado en nuestras vidas puede producir una sensación de alejamiento y falta de comunión con el Señor, que nos produce la angustia de una relación rota y sentirnos que nos hemos apartado de Él. El pecado tiende a nublar nuestra visión y tendemos a escondernos del Señor y así perdemos el gozo de estar disfrutando de la comunión con Él.
“Hazme oír gozo y alegría”; David pide que el SEÑOR le devuelva el gozo y la alegría, el cual había perdido por su gran pecado. La gran miseria de su pecado sólo le trajo angustia y dolor. Esta consecuencia típica del pecado debe hacernos reflexionar antes de pecar. Dolor, castigo y vergüenza es lo que el pecado traerá. Sufrimos la pérdida de comunión con Nuestro Padre y la culpa ronda en nuestras consciencias a tal punto que se nos va la alegría y el gozo. La terrible consecuencia del pecado nos abate y nos afecta emocionalmente, a tal punto de somatizar, esto es, percibir molestias físicas y diversos achaques corporales, por los efectos negativos del pecado. David lo expresa de esta manera en el Salmo 32:3 “Mientras callé, envejeciéronse mis huesos en mi gemir todo el día”. Los efectos del pecado no confesado en el creyente, produce abatimiento emocional y físico.
Cuando vemos la negrura de nuestro pecado y rogamos a Dios por perdón, estamos pidiendo que el SEÑOR restaure nuestra relación con Él. Cuando recibimos el perdón de Dios, somos bienaventurados y llenos de gozo, porque nuestras iniquidades son perdonadas. Sin duda, es una gran bendición recibir el perdón del SEÑOR y que nuestros pecados sean borrados. “Bienaventurado aquel cuyas iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados. Bienaventurado el hombre a quien no imputa Jehová la iniquidad y en cuyo espíritu no hay superchería” (Salmo 32:1-2). Somos benditos de Dios, cuando Él nos perdona y restaura nuestra comunión con Él. Esto es como volver a crear los huesos rotos y quebrados por un grave accidente.
¡A Dios la Gloria!
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