ENSÉÑAME PARA ENSEÑAR

ENSÉÑAME PARA ENSEÑAR

Bendito tú, oh Jehová: Enséñame tus estatutos. Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca. Salmo 119: 13-14.

Nadie puede decir que ya ha adquirido todo el conocimiento y que no necesita seguir aprendiendo. Quien tiene este pensamiento, no ha comprendido la infinitud del conocimiento a lo largo de la historia humana. Más aún, cuando comprendemos que tenemos en nuestras manos La Biblia, la cual es un reflejo fiel de la infinitud del conocimiento. Podríamos ocupar toda una vida en el estudio de ella y nunca llegaremos a agotar Su enseñanza. Aunque ocupemos días tras día, horas tras horas, en el estudio de ella, estamos seguros que La Palabra de Dios es una fuente inagotable de conocimientos, principios morales e infinitas aplicaciones para la vida del creyente. La multiforme sabiduría de Dios es ampliamente tangible y palpable en La Biblia.

“Bendito Tú, oh Jehová”, es totalmente entendible esta expresión de alabanza a nuestro Dios, después que el salmista comprende la grandeza y belleza de Las Escrituras, ¿qué más podría decir? ¿no le pasa lo mismo a usted cuando contempla y medita en la hermosa Palabra de Dios? Somos movidos a expresar la misma alabanza: “Bendito Tú, oh Jehová”. Es comprendible, que el capítulo más largo de la Biblia, sólo hable de la Eterna Palabra de Dios. El salmo 119 contiene 176 versos, todos ellos hablan exclusivamente de Las Escrituras, la belleza y hermosura de este salmo excede por mucho a cualquier poema o alabanza que algún ser humano pueda expresar de La Palabra de Dios. Sin duda alguna, fue el Espíritu Santo, Dios mismo, quien movió al salmista para escribir el más hermoso canto de alabanza a La Palabra de Dios.

“Enséñame tus estatutos” siempre debemos ser discípulos o aprendices, sobre todo cuando se trata de la Palabra de Dios. “Pero qué honor el tener a Dios mismo por maestro; qué audaz es el salmista para rogar al Dios Bendito para enseñarle” (Spurgeon). Sólo un corazón humilde puede hacer una petición de tal magnitud: “Enséñame tus estatutos”, porque un verdadero creyente sabe que aprender, no significa sólo obtener conocimiento intelectual, no significa mantener sólo en nuestra mente la enseñanza; aprender también implica aplicar y practicar lo aprendido. Un corazón humilde que ama al SEÑOR, doblegará su orgullo y obedecerá a Las Escrituras, porque eso es lo que la Biblia manda.

Una vez que hemos aprendido, aplicado y practicado, podremos decir con toda propiedad: “Con mis labios he contado todos los juicios de tu boca”; ahora declaramos y enseñamos La Palabra de Dios. Podemos ser de bendición a otros al declarar todo el consejo de Dios para edificar a otros. Declarar a otros la Palabra de Dios es una muestra de amor a Dios y de comunión con Él. “Cuando hacemos de Las Escrituras el tema de nuestra conversación, glorificamos a Dios, edificamos a nuestros prójimos y nos mejoramos a nosotros mismos” (Horne).

¡A Dios la Gloria!

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