OYE MI VOZ Y VIVIFÍCAME

OYE MI VOZ Y VIVIFÍCAME

Oye mi voz conforme á tu misericordia; Oh Jehová, vivifícame conforme á tu juicio. Salmo 119:149

El salmista le pide a Dios que lo oiga conforme a Su bondad y misericordia. Spurgeon dijo sobre la palabra misericordia (hesed): “La misericordia es una de las palabras más dulces de nuestro idioma. La bondad tiene mucho en sí que es muy preciado, pero la misericordia es doblemente estimada; es la nata de la bondad”. Podemos ir confiadamente al trono de gracia de Dios en busca de misericordia, aun cuando no tengamos las palabras de una oración modelo para clamar; aquí no es importante lo turbia o confusas que podamos sentir que han sido nuestras palabras, Dios no juzga nuestros precarios ruegos, Dios considera la disposición de nuestro corazón.

Nuestro Señor Jesucristo se ocupa de corregir y enmendar cada una de nuestras oraciones, Él hace perfecta cada plegaria con Su propia perfección y la hace valedera por Sus propios méritos, por esto podemos ir confiadamente ante Él, pues hasta el más vil pecador, encuentra el perdón y la paz que necesita; “En mi angustia invoqué á Jehová, Y clamé á mi Dios: El oyó mi voz desde su templo, Y mi clamor llegó delante de él, á sus oídos” Salmo 18:6.

En el Salmo 27:7, David también eleva una plegaría solicitando ser escuchado conforme a la misericordia de Dios “Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; y ten misericordia de mí, respóndeme”. David manifiesta un deseo genuino y sincero por ser escuchado. El deseo de ser escuchado por Dios lo es todo para él. No como los hipócritas fariseos, que no tenían ningún interés en que Dios les escuche, ellos deseaban ser escuchado de los hombres; con sus oraciones adornadas, para satisfacer su propio orgullo y recibir halagos humanos. En cambio, el verdadero hijo de Dios, clama desde lo más profundo de su ser. Su oración está llena de devoción, reconocimiento y dependencia.

Del mismo modo, en tiempos de aflicción y angustia podemos derramar nuestra alma y corazón delante de Dios, rogando que nos escuche. Cuando estés pasando por tiempo de angustia y dolor, no dudes en acercarte al Señor, derramar tu alma y clamar que Él oiga tu voz. Anna, la madre de Samuel, “oró con amargura de alma a Jehová y lloró abundantemente” (1 Samuel 1:10), Dios escucha su oración y responde a sus gemidos. Lejos esté de nosotros acercarnos a Dios, con oraciones elaboradas y poco sinceras. Con oraciones aprendidas que salen de nuestra boca hacia afuera. Es importante recordar, que cuando estamos a solas con Dios, estamos frente a nuestro Creador, quien nos conoce perfectamente y NO podemos acercarnos a Él, pensando neciamente que podemos ocultarle algo.

Finalmente, recordemos que, solo por la Palabra de Dios podemos ser vivificados. Es ella la que nos imparte vida; porque “…es viva y eficaz, y más penetrante que toda espada de dos filos: y que alcanza hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Son incalculables los beneficios que la Palabra de Dios puede dar al alma afligida, abatida y que se sienta morir. Así como por la Palabra de Dios, todas las formas de vida que conocemos llegaron a existir, del mismo modo, Él puede impartir vida a todos aquellos que están muertos en sus delitos y pecados: “Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por gracia sois salvos” (Efesios 2:5).

¡Porque Él Vive!

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