SUPERAR LA AFLICCIÓN CON LA PALABRA DE DIOS
Mira mi aflicción, y líbrame; porque de tu ley no me he olvidado. Aboga mi causa, y redímeme: vivifícame con tu dicho. Salmo 119: 153-154
El sueño de todo ser humano es vivir la vida sin preocupaciones ni sobresaltos. Tener suficiente dinero para asegurar su bienestar en este mundo. Llegar a un punto a decir: “Lo tengo todo, tengo resguardo suficiente para vivir toda esta vida”; eso sería ideal. Pero la vida real no es así, aunque algunos tienen suficientes riquezas para vivir tranquilos, en la vida real siempre habrá motivos por estar afligidos. En la vida real interactuamos con personas, las cuales, a veces, nos traicionan, tienen malas intenciones o se vuelven nuestros enemigos; debemos interactuar con las enfermedades, podemos sufrir de alguna enfermedad incurable y con eso se termina todo. Vivir la vida no siempre es placentero: “En el mundo tendréis aflicción: mas confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
La súplica del salmista, nos recuerda que para él la vida no era fácil. Tenía aflicción y sus problemas lo agobiaban. Pero él no se sumió en la impaciencia y desesperanza, su mente estaba fija en La Palabra de Dios. Cuando estemos en camino de aflicción, tenemos dos alternativas: aferrarnos más a Dios y saturarnos con Su Palabra; o simplemente abandonar sus caminos porque no estamos dispuestos a sufrir por Cristo. Hemos escuchado a personas que dicen: “Desde que comencé caminar en el evangelio, he tenido puros problemas”, estos problemas los amedrentan, los agobian y ellos se alejan de la verdad.
“Mira mi aflicción y líbrame” aunque pareciera que este es un grito desesperado, más bien, es una súplica que demuestra dependencia del SEÑOR. El verdadero creyente, sabe que Dios es Soberano y que ninguno de nosotros podemos exigirle a Dios alguna cosa; quienes aceptan la realidad de la Soberanía de Dios, sólo esperan en Su misericordia y ruegan humillados, que Él les haga pasar por la aflicción y que cuando Él quiera los libre de ella. Dios no es como un “genio de la lámpara” que está a nuestras órdenes para cumplir lo que le pidamos. Debemos recordar la frase que el SEÑOR le dijo a Pablo cuando éste oraba por el aguijón en su carne: “Bástate mi gracia, porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona” (2 Corintios 12:9). Con la salvación eterna, dada por Su gracia, nos basta, eso es todo.
“Aboga mi causa” ahora el salmista pide a Dios que lo defienda como lo hace un abogado. Que notable súplica que apunta a Cristo, delante de Dios no podemos presentarnos solos. Cristo aboga nuestra causa, es Él quien nos defiende, es Él quien nos representa en el trono de la gracia, es Él que aboga por nosotros basado en el mérito de Su propia sangre. Él es nuestro Abogado, nuestro Sumo Sacerdote, Él es todo para nosotros. Hermano (a), cuando la aflicción llegue a tu vida, acude a la Palabra de Dios y allí encontrarás el ánimo y las fuerzas que requieres para ser vivificado. La Palabra de Dios es una fuente de avivamiento.
¡A Dios la Gloria!
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